5 de noviembre de 2009

Valoración de una encuesta sobre la responsabilidad de los líderes del Partido Popular Español

LOS DIRIGENTES DEL PP ESPAÑOL, ¿DEBERÍAN RECONOCER PÚBLICAMENTE SUS ERRORES EN POLÍTICA FAMILIAR Y EN DEFENSA DE LA VIDA?

Se cierra hoy la encuesta con un resultado interesante:el 94 % de los participantes consideran que los dirigentes del PP español deberían reconocer públicamente sus errores en política familiar y en cuanto a la defensa de la vida se refiere.

Querría dejar constancia de que esta encuesta no pretende de ninguna manera alimentar la pasividad que la ciudadanía española ha demostrado durante estas dos décadas que han visto morir a un millón de niños aún no nacidos.

No pretende de ninguna manera buscar un chivo expiatorio. La culpa es compartida por todos, aunque recaiga con pesos distintos sobre los hombros o las conciencias de unos y de otros.

La encuesta tampoco pretende hacer pensar que la solución la tienen los políticos. Esta sería también una falsa conclusión. Puesto que los políticos, por regla general, construyen sus programas buscando satisfacer a su electorado, la responsabilidad principal reside en éste.

La encuesta pretendía hacer pensar a los lectores de Familia en construcción acerca de su responsabilidad personal en la defensa de la vida.

El resultado de la encuesta permite hacer valoraciones de interés. Si realmente crees que el PP debería reconocer públicamente sus errores en esta materia, entonces tu relación con este partido debería ser crítica, en el caso de que fueras su votante. No digo que debieras dejar de votarles: lo que digo es que tu relación es crítica. Debes de hacer algo. Y debes hacerlo tú. No descargues tu responsabilidad sobre los dirigentes del PP para luego seguir la inercia del voto útil, que es quizá el más dañino de todos los votos.

3 de noviembre de 2009

Kebuskas? dime, dime

Desde hace bastante tiempo Familia en construcción está en pugna constante con otro blog titulado Kebuskas: es "la competencia".


¿Dónde competimos?

En un servidor de blogs llamado Motigo, en el que los administradores pueden darlos de alta eligiendo una categoría y un país. En la sección sociedad/familia de España, Kebuskas y Familia en construcción están peleándose desde hace unas semanas por el segundo y tercer puesto.

En los primeros meses de Familia en construcción dedicamos bastante tiempo y esfuerzos a buscar blogs familiares, bajo la etiqueta familia en la blogosfera. Quería descubrir la actividad familiar sumergida en las profundidades o abismos de la Red.

Ahora, careciendo de aquellos impulsos iniciales, me siento más inclinado a hablar semanalmente de blogs familiares, pero en un sentido más amplio: "familiares" porque tratan de la familia y no porque sea la familia su sujeto y autor. Los blogs crean redes y familia en construcción pretende colaborar en la creación de redes que contribuyan a difundir la cultura de la familia. Además a todos los blogs nos sirven mucho las referencias realizadas por otros blogueros. Cuantos mayores enlaces obtenga un blog mayor será su eficacia y su presencia en la Red.

Pues esta semana he pensado inaugurar esta sección con una referencia a mi competidora principal: Merche, con su blogs kebuskas. (bueno, la primera posición de Motigo la ocupa un blog titulado adopciones, que se encuentra a muchas cabezas del nuestro y que se me antoja inalcanzable).

Kebuskas es un estupendo blog. Su autora ha demostrado gozar de los principales valores de un bloguero: perseverancia y constancia, fidelidad a un proyecto, un noble ideal. Merche se dirige a todas las mujeres que buscan vivir su feminidad de manera auténtica, en especial, a las madres de familia.

En estos meses de seguimiento de su blog he aprendido muchas cosas, sobre todo las que se refieren a la gestación, al parto y a la lactancia. Me ha llamado mucho la atención -y sobre todo, me ha convencido- el concepto de violencia obstétrica: la medicina ha robado a las mujeres la libertad de decisión en ese momento crucial de su vida, que es el parto de sus hijos. Transcribo este texto:

Una mujer acostada, con una vía en vena, inmóvil, sin compañía, sin poder acomodar su cuerpo a las exigencias de sus necesidades, desnuda, en un ambiente frío y de enfermedad, quien en el momento del parto abre las piernas frente a un personal ajeno a su vida, imposibilitada por la posición que le obligan a mantener en las camas ginecológicas de ver y recibir a su propio/a hijo/a, que le dicen paciente sin estar enferma y a su hijo/a le dicen pacientico/a, no puede ser un escena que podamos seguir justificando, en nombre de la ciencia.


2 de noviembre de 2009

El genio femenino

En el marco de unas conferencias para madres de un colegio de San Cugat, don Juan Costa expuso las enseñanzas de Juan Pablo II sobre "el genio femenino". Este el primero de los 7 fragmentos que se irán publicando en you tube y que, si no hay inconveniente, iré enlazando en este blog y en el de "noticias acerca de la mujer"

1 de noviembre de 2009

Aborto: solucionar el problema con la libertad



Seguimos hoy con el profesor del IESE, Eduardo Martínez Abascal, quien plantea una solución al problema del aborto en esta segunda parte del artículo que publicábamos en la entrada anterior, Esclavitud y aborto. De forma desapasionada y realista, recuerda el profesor Martínez Abascal que la abolición de la esclavitud no trajo más que problemas en un primer momento, pero que -a pesar de esos problemas- nadie ha dudado desde entonces de que la esclavitud iba, va, directamente contra la dignidad fundamental del ser humano y atenta contra el elemental derecho a la libertad.


Aunque los esclavos recién liberados se vieran privados de repente de otros derechos como la vivienda, el alimento, el trabajo, y hubiera consecuencias desastrosas para muchos de ellos, la consecución de la libertad es un bien en sí mismo del que ningún ser humano debe verse privado, como del derecho a vivir. Veamos qué nos dice el profesor:

La semana pasada comenté la analogía entre la esclavitud, permitida hasta bien entrado el siglo XX, y el aborto. La mayor concienciación sobre la dignidad de la persona humana, radicalmente incompatible con la esclavitud, llevó a la abolición de esta. Concluía que el avance en el conocimiento científico sobre la vida humana desde su concepción en el útero materno nos llevará a la abolición del aborto.

Ahora bien, con la abolición de la esclavitud se evitó un problema pero surgieron otros muchos que los partidarios de la esclavitud habían advertido. Al ser expulsados a la fuerza por sus amos, muchos esclavos perdieron el sustento; las familias previamente esclavas se desestructuraron; surgió la delincuencia, pues los esclavos no tenían medios de vida. Las primeras consecuencias podrían verse como un desastre. ¿Debería haberse mantenido, pues, la esclavitud, aunque fuera en una forma más mitigada? La respuesta es no. Lo que debería haberse hecho es prever los posibles efectos negativos que toda medida, por muy buena que sea, suele tener.

Creo que lo mismo se puede aplicar al aborto. El aborto se produce por una serie de causas que son las que hay que atacar. El aborto no es la solución a un embarazo no deseado, del mismo modo que la esclavitud no era la solución para facilitar a la población esclava unas mínimas condiciones materiales de vida. Existen muchas asociaciones de ayuda a madres que quieren abortar para que continúen con su maternidad. Esas asociaciones conocen bien el problema y las causas de por qué esas mujeres quieren abortar. Basta con preguntarles y poner los medios para evitar los problemas.

En muchos casos son problemas económicos. Pues no estaría de más dar una subvención por cada niño que se trae al mundo. En muchos países lo hacen y da resultados. Recordemos que en España la tasa de fertilidad es de 1,2 niños por pareja. Es decir, de continuar así dos generaciones más, cuatro abuelos tendrán sólo un nieto o, en otras palabras, habremos reducido la población activa a uno por cada cuatro ancianos.

Es sabido también que hay muchas personas que quieren adoptar y que el proceso cuesta un dineral. Aunque suene mercantilista, quizá se podría estudiar el que las madres llevaran a cabo su embarazo y luego dieran al niño en adopción.

Estoy seguro de que se pueden buscar soluciones, se deben buscar soluciones, para que las madres no vean su maternidad como una carga insufrible (entre otras cosas, eso es un sentimiento antinatural). El aborto no es solución. Tampoco lo era la esclavitud, y ahora nos alegramos de haberla abolido y nos asombra que tardáramos tanto en hacerlo.

E. Martínez Abascal
Profesor del IESE

30 de octubre de 2009

Esclavitud y aborto

Hoy quisiera compartir con vosotros un artículo del profesor del IESE Eduardo Martínez Abascal, por su planteamiento original, los símiles poco vistos, y su claridad expositiva. Ofrece un argumento fácil de utilizar en los muchos debates que hoy hay en la calle (si no los hubiera en nuestro entorno, considero una obligación suscitarlos, por incómodo que sea).

"En pleno siglo XIX y en países tan desarrollados como Estados Unidos, la esclavitud se justificaba desde varios puntos de vista y con argumentos bastante moderados. La esclavitud –se decía– era esencial para el funcionamiento de la economía.

Había que elegir entre dos bienes contrapuestos: el sostenimiento económico de la mayoría de familias agricultoras del país y el bien de los esclavos. Por otra parte, la esclavitud había existido siempre y no había creado problemas hasta que los abolicionistas aparecieron. Además, los esclavos recibían en muchísimos casos una educación y unos estándares de vida que no tenían en su país de origen, etc. En definitiva, no era una situación ideal, pero era un mal menor. Para los más radicales, la esclavitud se justificaba porque los esclavos “no eran personas”, o “eran personas, pero menos”.

Por el contrario, los oponentes a la esclavitud parecían “fundamentalistas”: no había alternativa posible, “había que abolir la esclavitud”. Se basaban en un solo hecho: la esclavitud era radicalmente incompatible con la dignidad de la persona humana, y como este es un valor esencial, era innegociable, fueran cuales fueran los costes de la abolición. Al final, la realidad de la dignidad de la persona humana se impuso y la esclavitud fue abolida a finales del siglo XIX.

Pienso que los mismos argumentos se pueden aplicar hoy a la realidad del aborto. Se presenta como un mal necesario ante la elección del bien del niño y el bien de la madre. Todos los argumentos son de conveniencia, ante casos extremos (sufrimiento o muerte de la madre, malformación del niño, etc.). Los defensores del aborto parecen ‘moderados’ y los oponentes ‘talibanes’. ¿Por qué? Porque para unos, el tema del aborto es un asunto de conveniencia, y para otros es un componente esencial de la dignidad de la persona humana, como es el derecho a la vida.

Al igual que a lo largo de los siglos se fue avanzando en el concepto de la dignidad de la persona humana, incompatible con la esclavitud, hoy se ha avanzado mucho en el conocimiento del ser humano desde su concepción. La ciencia es clara al respecto: en el útero hay un ser vivo, y ese ser vivo sólo puede ser un ser humano, cuya custodia (no propiedad) es de la madre.

Pues bien, si hay un ser humano, no se le puede matar. Esto, que es tan claro hoy en día (no lo era hace siglos, ni incluso hace años), lleva a los ‘pro vida’ a ser ‘fundamentalistas’ (“no hay negociación posible”) como lo fueron los abolicionistas. Al final, no hay otra solución que la ‘abolición’ del aborto, compatible con resolver los problemas que llevan a la madre a abortar. "

(Publicado en Expansión, 21-10.09)

28 de octubre de 2009

Dolor y consuelo



“¡Lo único que sé de mí es que sufro…!”, dice el alma desconsolada. Duns Scoto evocaba la desolación humana en aquel “la persona es la última soledad” que quiere ser escuchada, que solicita respuesta. Como decía Juan Bautista Torelló (Psicología y vida espiritual), necesita consoladores, no simple consuelo. Es decir, no solo requiere “solatio” (solaz, alivio, pensar cosas bonitas) sino “consolatio” (alivio-comunión, alguien que le abrace), como dice el Salmo 63: “el dolor me rompe el corazón, estoy desesperado. Busco un consolador y no lo hallo”, por eso quien sufre sumido en la tristeza no busca sermones ni palabras, sino que necesita la compañía y abnegación del amigo, la dimensión femenina de llorar juntos: “bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados” (Mt 5,5), y el que no tiene quien esté a su lado dirá aquello de “he llorado mucho por la noche, porque mi consolador está lejos de mí” (Jer 1,16).

No todos los amigos saben consolar bien, como los de Job: “sois todos unos consoladores pelmazos” (Job 16,2). Recuerdo un sacerdote muy bueno agonizando, contento de estar acompañado, y yo veía a unos parientes que le hablaban deseosos de preguntarle: “¿estás bien?, ¿cómo te encuentras?, ¿deseas algo?” y al final el moribundo dijo: “sí, ¡que os calléis!” Quería compañía, pero que no le agobiaran, morir tranquilo… él tenía el consuelo de Dios: “Yo, yo mismo os consolaré. Transformaré vuestra tristeza en alegría… El Señor dice: Os llevaré en brazos y jugaréis sobre mis rodillas. Como una madre consuela a sus hijos, así os consolaré yo” (Is 65,11-13). Es difícil esta simpatía, que no consiste en dar al otro lo que le gusta sino lo que le conviene, no es sensiblería sino contacto y distancia a la vez, com-padecer tiene esa comunión evangélica de “si un miembro sufre, todos sufren; si un miembro se alegra, todos se alegran con él” (1 Cor 12,26) y ahondando en ello sigue san Pablo: “Cristo es quien nos consuela en toda tribulación… sabedores de que, así como participáisteis en nuestros padecimientos, así también participaréis en los consuelos” (2 Cor 1,3-7). Comenta Torelló: “Cristo conforta pues, no sólo porque por ser verdadero Dios conoce al yo individual que sufre en su soledad, ni porque Él haya dado respuesta a la pregunta sobre el sentido del dolor, sino porque Él mismo es la respuesta a todos los interrogantes del hombre. Cristo no ha resuelto el misterio, sino que lo ha hecho precisamente más profundo y mayor: Mysterium Crucis.” La gran paradoja que decía Juan Pablo II, más allá de toda razón según san Pablo, que resplandece en la noche pascual, pues Cristo venció a la muerte, pero sigue de algún modo sufriendo en cada sufriente, Jesús está queriendo consolar a cada persona que sufre, sufrir con ella. Y esto no se queda en palabras, como descubrió aquella persona: "Hoy comprendo lo que es amar la cruz: acabo de ver a Cristo clavado en mi cruz, ahora cuando sufro, sufro abrazada a Él!"

Y nosotros hemos de llevar el consuelo que necesita quien pasa por momentos de dolor. No hay técnicas generales, pues nada peor que “despachar” a esas personas con estereotipos, frases hechas, como si fueran niños o idiotas… “se necesita decisión y presencia de ánimo, no para ‘exigir’ sino para despertar posibilidades adormecidas, fuerzas amodorradas, libertades y esperanzas inhibidas…”
La manera mejor de salir de la espiral del dolor, cuando no se puede curar, es trascenderlo: cuando se sufre por una persona, cuando se pasa de aguantar a aceptar, cuando se pasa al ofrecimiento, a la vida como donación y sacrificio, y entonces ya no es algo impuesto el dolor sino libre, como Jesús que da la vida (la penitencia por ejemplo es expiación querida, a diferencia del castigo que es expiación impuesta).

La esencia del sacrificio no es el dolor, sino el amor, no somos masoquistas… así “Cristo nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que podamos consolar a otros en cualquier aflicción con el consuelo con que nosotros mismos somos consolados por Dios” (2 Cor 1,4).

Llucià Pou Sabaté

26 de octubre de 2009

Todos somos culpables


Animaba a un amigo bloguero a que difundiera un poco la encuesta que nos está ocupando en estos días y que durante esta semana estará todavía en la columna derecha superior de Familia en construcción. Me respondió diciendo que lo haría, pero manifestaba reparos en los argumentos por mí esgrimidos. Le decía, en efecto, que todos los españoles somos responsables del genocidio del aborto, perpetrado ante nuestras narices y en cierto sentido también con la connivencia de todos. Este argumento no le convence. Es perfectamente comprensible.


Cuando se habla de derechos fundamentales y se afirma que el de la vida es el primero de ellos, no se suele precisar algo muy importante. La diferencia entre los derechos fundamentales y los que no lo son estriba precisamente en que aquéllos nos implican a todos. El derecho fundamental a la vida significa que todos estamos obligados a respetarlo. Ese respeto no significa únicamente que nos abstengamos de atentar positivamente contra la salud y la existencia de ninguna persona humana. Si así fuera, tendría razón mi amigo al decir que es una exageración culpar a todos por los daños que hacen los verdaderos culpables: quienes promueven directamente el aborto, primero, como son los dirigentes de los abortorios y los políticos que los avalan y los financian; quienes indirectamente promueven una cultura de trivialización de la sexualidad y de exaltación de la muerte.

Cuando un derecho fundamental es despreciado públicamente y de manera ostensible, todos estamos siendo insultados. Es como si nuestra propia vida estuviera en peligro. También aquí se podría objetar que se trataría de una nueva exageración: "El hecho de que existan delincuentes o terroristas, que pública y ostensiblemente atentan contra la existencia humana, no supone de ninguna manera que yo -ciudadano inocente- sea responsable de sus fechorías". Eso es verdad, pero cuando esos crímenes se realizan gracias a la cobertura de impunidad otorgada por los legítimos gobiernos, entonces las cosas cambian. Todos los días -y veinticinco años de aborto legalizado suponen muchos, muchísimos días- en que he convivido dando por irremisible o inevitable la masacre de vidas humanas inocentes, son días acerca de los cuales quizá el Justo Juez, Dios nuestro Señor, me interpelará: "Y tú, ¿qué hiciste? ¿Acaso no sabes que el aborto es uno de esos crímenes que claman al cielo? ¿Me acusáis a mí de no intervenir en el mundo, evitando el mal, mientras vosotros toleráis esa masacre, que se realiza quizá a pocos metros de vuestras casas? (1)"

Desde hace unas semanas me ronda por la cabeza la necesidad de ser profeta (a pesar de mis miserias, pero con la certeza de que todo cristiano lo es por naturaleza). Y la principal misión de los profetas era denunciar los atropellos de las autoridades. Éste es el problema. Ahora todos estamos llamados a ser profetas de la vida: no podemos dejar pasar ningún día sin hacer algo concreto en favor de ella.

Que cada uno piense como quiera. En mi caso, se trata de una cuestión de conciencia y de coherencia: si digo que la vida es un derecho fundamental de toda persona y de que estoy dispuesto a tratar también a los no nacidos como personas, eso significa que yo tengo el deber de respetar y de promover ese derecho, en especial, cuando es públicamente pisoteado por quienes tendrían que velar por él.

Si todos reaccionáramos así, otro gallo cantaría.

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(1) Éste es mi caso, pues en Valladolid vivo a pocos centenares de metros del principal abortorio de la ciudad.